Era un verano, en agosto de 2015.
- ¿Nos vamos a ver las Perseidas? - dijo ella.
- Yo conozco un pueblecito genial - contestó él.
Desde entonces aquel pueblecito se volvió uno de sus refugios. Viajaban allí cada verano para olvidar, disfrutar, sonreír. Ver las estrellas, respirar la naturaleza, dejarse llevar.
Aún hoy, 8 años después, el pueblo sigue oliendo como olía cuando venían ellos. Los lugares por donde pasaron mantienen sus recuerdos. Entre los pinos aún parece que se dibujan sus sombras, cogidos de la mano.
Lo que él no sabría hasta ahora es que no necesitaba ir a ver las estrellas, porque ya tenía a su lado la que más brillaba… Ahora apagada por la distancia.
Él ahora solo sueña con que todos los deseos que pidió bajo aquellas estrellas fugaces se hagan realidad, y traigan a ella de nuevo a su lado.
Seamos como el agua, que siempre se renueva, que siempre encuentra su camino, que talla la piedra, que siempre se junta para ser más fuerte, llegar más lejos y bañar los océanos.

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